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Habitación 532

Trato Cerrado
5 de octubre de 2026 por
prohibido

Patricia tenía 38 años y una forma de entrar a una sala que no necesitaba presentación. No era solo su atractivo —que era evidente— sino la seguridad con la que caminaba entre decisiones importantes con sus afilados tacones que competían con sus perfectas piernas, como si cada paso ya hubiera sido calculado con precisión.

En la oficina, su presencia imponía respeto. En el trabajo, era de esas personas que resolvían problemas que otros evitaban. Y aun así, mantenía una distancia profesional que había aprendido a perfeccionar con los años.

Alexander, en cambio, apenas tenía 25.

Era nuevo en el equipo, brillante, observador… y peligrosamente consciente de ella.

Desde el primer día en que trabajaron juntos, él entendió que admirarla y desearla era inevitable. 

Ella lo notaba.

No por arrogancia, sino por intuición.

Y lo dejaba pasar ante los ojos de él. Ella es de las mujeres que sabe complacerse a sí misma; y fuera de su trabajo, en la oscuridad de su habitación, ella jugaba a veces con sus dedos otras con su juguete aliado y mientras lo hacía aparecía en su mente la imagen de Alexander sin camisa, con su juvenil y torneado cuerpo.

El viaje de negocios llegó como una prueba de fuego.

Un cliente complicado, negociaciones extensas, documentos revisados hasta el agotamiento y una presión constante que los obligó a funcionar como un engranaje perfecto. Patricia lideraba con firmeza; Alexander respondía con precisión, anticipándose a cada movimiento.

Cuando finalmente cerraron el trato —millonario, complejo, casi imposible— el cansancio dio paso a algo distinto: una complicidad silenciosa.

Esa noche, el bar del hotel estaba iluminado con luces bajas y música suave. El tipo de lugar donde el tiempo parece aflojarse un poco.

—No pensé que lo lograríamos —dijo Alexander, levantando su copa.

Patricia sonrió apenas, ese gesto breve que en ella valía más que una celebración abierta.

—Yo sí —respondió mirándolo fijamente y devorándolo con sus palabras—. Solo no estaba segura de si tú ibas a resistir el ritmo.


Él, que la deseaba hasta los huesos, que conocía todas las costuras de sus faldas y el escote de cada una de sus blusas, no encontró otra salida más que reír nervioso. O tal vez consciente de que no era solo el trabajo lo que ella estaba poniendo a prueba.

Las conversaciones dejaron de ser solo laborales.

Y poco a poco, entre silencios más largos de lo necesario, empezó a aparecer otra cosa: una tensión que ninguno de los dos nombraba, pero que ya ocupaba espacio entre ellos.

—Siempre te observo cuando resuelves algo difícil —confesó él, mirando el vaso más que a ella—. Como si nada te afectara.

Patricia giró ligeramente la copa entre sus dedos.

—Eso es lo que uno aprende a mostrar… no lo que realmente es.

La mirada de Alexander subió lentamente hasta encontrarse con la de ella.

Y ahí se quedó.

Sin huida.

Sin disculpas.

Solo esa verdad incómoda que ya no se podía disfrazar de profesionalismo.

—Creo que he estado pensando demasiado en usted licenciada Patricia —dijo él, bajando la voz.

Patricia no respondió de inmediato. Lo estudió. Como si evaluara una decisión importante más, pero esta vez sin informes ni contratos.

—Y yo creo —respondió ella finalmente— que has estado intentando ser más correcto de lo que te conviene.

El aire cambió.

Él pagó la cuenta sin prisa. Le dejó claro a ella que él deseaba pagar esa cuenta ya que no quería que esa noche fuera tratada como un ticket de viáticos más, para él esas copas con ella eran algo importante y no solo un vil comprobante de pago.

El ascensor del hotel fue demasiado pequeño para la distancia que ya no existía entre ellos.

Ninguno habló durante el trayecto.

Solo miradas breves. Respiraciones contenidas. Esa electricidad incómoda que no necesita permiso.

El número 532 apareció frente a ellos como una confirmación inevitable.

Patricia deslizó la tarjeta.

La puerta se abrió. Él la acompañó a la entrada, para despedirse quiso darle un beso en la mejilla pero separarse fue imposible para ambos.

Liberaron sus fantasías y le abrieron la puerta al placer, está vez ella no necesito sus dedos ni juguetes, solo sentir el vigor de la juventud de Alexander.

Alexander como niño en juguetería no sabía que parte del cuerpo de Patricia tocar primero, en dónde deslizar su lengua, la devoró con las manos, la boca, los dedos, con toda su piel!!!

No fue necesario despojarla de su lencería, él encontró la manera de coexistir con ella.

Patricia como una experta en complacerse fue una excelente guía para él, le mostró el camino, ya encausados, él ejerció el dominio de su vigor sobre la licenciada Patricia quien no tuvo más remedio ante el nivel de placer que sentía que acatar las órdenes y ponerse en 4

Lo demás que ocurrió esa noche no pertenecía ya a los informes, ni a los contratos, ni al mundo que habían dejado atrás esa noche.


Ricardo
mi maestro